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domingo, 26 de febrero de 2012

Viaje final a Lepe

Comenzamos a relatar los últimos días y los últimos viajes, comenzando por el final: el viaje de vuelta.

La foto de la derecha corresponde con mi último amanecer en Maastricht. Me levanté a las 07:51 -aproximadamente, pues no se el segundo exacto-, y me dispuse a recoger lo que me quedaba por recoger. En especial, tenía que quitarme el pijama, meterlo a la bolsa de la ropa sucia -hice muchas coladas los últimos días, pero imposible llevarlo todo limpio a casa- y ponerme la ropa que había dejado preparada fuera de la maleta. 

Pasaban los minutos y se acercaba la hora de la revisión. Un tweet y el ordenador a la maleta de mano. Entonces caí en que debía pasar la aspiradora. Me asomé a la puerta... aún nada, perfecto. Saqué el electrodoméstico y a aspirar. Pude terminar a tiempo y todo estaba listo para cuando sonó el timbre. Todo... excepto las tiras de triángulos de colores en la ventana. Bueno, recogi el chaquetón y me lo puse. Le indiqué amablemente al señor que vino a hacer la revisión lo que sucedía con la ventana y le pregunté si quitaba el cordón. "Sí, por supuesto, por supuesto...". Todo estaba en orden y recibí el dinero de la fianza, con lo que me despedí. Me preguntó si necesitaba ayuda con las maletas, pero le indiqué que iba a una casa al final del pasillo antes de irme definitivamente. Iba a la casa de Marina, la última en despedirme -¡quéjate del privilegio, toledana!-. Me acerqué con todos los bultos y desperté a la pobre, que me permitió dejar las maletas en su casa antes de ir a la tienda a por un último recado -que no puede ser aún desvelado-. Me echó una minibronca porque me estaba dejando caer y salía con todas las papeletas para perder el tren que me pertenecía. Sí, me estaba dejando caer, no quería irme... Finalmente lo hice, con la obvia promesa de pasarme por Toledo y que ella se pasase por Lepe -y lo harás, vamos que lo harás jajaja-. 

Fui a la parada de autobuses sorteando la nieve -de varios días ya- y conduciendo temerariamente mis tres maletas. La más pequeña iba aupada en la mediana, obviamente. Estuve esperando unos diez minutos y llegó. Esta vez no me faltaba la tarjeta de embarque, así que pude llegar a la estación de trenes. Quince minutos para la salida del tren. Pese a que quería comprar algo de comida, iba demasiado justo de tiempo, así que fui directo al mostrador. Diez minutos. La señorita me indicó amablemente que si compraba el ticket en la maquinita automática me ahorraría tres euros y me explicó el por qué... hasta que amablemente la interrumpí diciéndole en el mínimo número de palabras "se que gasto más, quiero hacerlo, tengo prisa, por favor deme el ticket". Se ve que surtieron efecto junto a mi expresión, con lo que me dio el ticket y sali corriendo al tren. Clara que, al ir con maletas, debi dar un rodeo para coger el ascensor. Una señora entraba con un carrito y me esperó mientras hice el tetris con mi equipaje. Subí, cambié de andén y de nuevo a bajar. Llegué a tiempo a mi pequeño tren belga, listo para comenzar el viaje. Una llamada telefónica a mi madre sobre la situación del viaje y la previsión de tiempo fue lo último que hice en Maastricht.

El tren pasó por Visé, como siempre, hasta llegar a Lieja. Antes de irme pregunté al revisor por la conexión para el aeropuerto de Charleroi. Tras titubear un segundo, me dijo "Tournai, plataforma 6". Me bajé el tren haciendo malabares en las escaleras mecánicas y una señora que iba detrás de mi se preocupó porque llevaba muchas maletas. En efecto, al llegar abajo no me dio tiempo a sacarlas en seguida y casi provoco un accidente, pero es de sentido común no pegarte al escalón posterior a semejante carga. Vi el cartel electrónico y no aparecía Tournai en la plataforma 6... ¡pero sí en la 9! Bueno, pude haber oído mal, así que hacia ella me encaminé. Al subir las escaleras mecánicas la maleta de mano cayó rodando escaleras abajo mientras lo demás subía. De hecho, la tapa -donde estaba el portátil- pegó con el canto de un escalón desde la altura de un metro y medio. Viendo mi portátil hecho añicos, me apresuré a recogerlo todo y a subir, sin tiempo para pararme hasta estar en el tren. En el cartel aparecía una dirección diferente, pero supuse que sería una posterior a Tournai, así que subí al mismo, con la ayuda de un chaval y su novia para mis maletas. Estaba ya tranquilo... o no. 

Con el tren ya en marcha y tras escuchar la estación "Lieja centro" me dio un pálpito y pregunté a la pareja, que no tenía ni idea. Fui corriendo hasta el revisor y le dije "Este tren... va a Charleroi, ¿verdad?" en un francés muy malo, pero que entendió. Me dijo que noo y me indicó la estación en la que debía bajarme, así como la plataforma que debía coger. El tren no tenía pérdida... "dirección Tournai". Tras cagarme en mis muelas me bajé en la estación debida y... ¡sorpresa! Ni rastro de escaleras mecánicas, pero sí una grande de las normales. Sirvan las fotos de la derecha como prueba grádica de la proeza que tuve que hacer para primero bajar y luego subir hasta el andén correcto. la gente me miraba con semejante equipaje y se asustaba. Menos mal que no había nadie, así no corría peligro al hacer la operación.

Por fin cogí el tren de Tournai y en dos horas estaría en Charleroi. Era el momento de acomodarme, dejar las maletas en su sitio... y ver el estado de mi portátil. Abrí la tapa, asombrosamente libre de magulladuras, y vi toda la pantalla salpicada de trocitos -"oh, trozos de circuito, adiós a todo", pensé-. Cuál sería mi sorpresa al descubrir que era la misma suciedad que se acumula en el teclado y que tanto cuesta sacar. "Un momento... ¿el portátil está intacto y además limpio? ¡Sí, señor!".

Estuve todo el trayecto despierto, por si las moscas. Sí, estaba cansado, pero ya podría dormir en el avión más tarde. Además, me moría de hambre... sólo había desayunado unas pocas de patatas fritas y no pude comprar desayuno en Maastricht ni en Lieja. "Debí haber acehtao que Marina me diese argo pa' desayuná", pensé. Mi tripa corroboraba tal teoría, pero no quedaba otra que esperar. Por suerte, no me surgió la necesidad de acudir al servicio y, por ende, dejar solas las maletas o sobrevivir al esfuerzo. 

Llegué a la estación de Charleroi, desconocida para mí, y busqué la salida en la dirección que deseaba. Pude dar con ella y salí de la estación, con los autobuses enfrente. Entonces, mientras me detuve para ver dónde estaba el autobús o tren o lo que tuviese que coger para el aeropuerto, pude escuchar la música de la megafonía. Sonaba Titanium, la canción que tanto le gustaba a Lilia y que no paraba de poner en los últimos días que estuve en Maastricht cuando nos reuníamos en grupo. Se me escapó pronunciar su nombre en un susurro y, sin moverme del sitio, agarrando fuerte las maletas y sin sentir el frío (-14ºC) me vi de vuelta en Maastricht en la cena que preparó Lilia, el vídeo que hice, la última noche en el Alla, mi despedida por la noche, la revisión, Marina... Mi cuerpo estaba paralizado, aunque era consciente de que debía seguir caminando para volver a casa. Tomé aire respirando profundamente mientras cerraba los ojos y los abrí al tiempo que lo soltaba y resonó en mi cabeza "Mi Erasmus ha terminado". Pensé en mi novia, mi familia, mis amigos, el buen tiempo... y empecé a caminar como el que camina con medio metro de nieve en el desierto, a base de pensar en lo que me esparaba para no volver atrás.

En realidad el autobús que debía coger no estaba a más de treinta metros. Llegué y vi que salían autobuses cada media hora y el siguiente lo haría en un poco más de un cuarto de hora. Pregunté si podía comprar el ticket en el mismo autobús y, confirmado mi deseo, me dispuse a esperar. Llegó finalmente y estuve en el aeropuerto en más o menos media hora. Dado que mi vuelo salía a las cinco menos diez y eran las tres, aún quedaba incluso hasta que se abriera el mostrador de equipaje. Me senté a esperar viendo los vuelos y me comí un Kit Kat para aguantar la gusa hasta que pasase al duty free -aún conservo, misteriosamente, el envoltorio de dicha chocolatina-. En cierto momento vi que una señora consultaba el peso de sus maletas en el peso de una de las cintas de facturación, así que me decidí a hacer lo mismo. Catorce kilos por un lado, bien. Diecisiete por otro, vaya... y diez en la maleta de mano. Ahí sobraba mucho peso... Trasladé un queso de medio kilo de una maleta a otra, con lo que la de menor peso alcanzó lo que debía, pero la otra se mantuvo en dieciséis. El otro queso iba directo al chaquetón, pero no bajaba... así que probé a trasladar ropa a la maleta de mano, que se pasó del peso. Así estuve "jugando" un rato hasta que me cansé y vi que sólo podría dejar algo en tierra o pagar los veinte euros de recargo. 

Resignado a pagar, me quedé viendo el cartel electrónico y, viendo los mostradores, busqué Ryanair. El letrero del cartel era muy raro y cuando me acerqué a los mostradores ponía "todas las direcciones". Me puse en la cola y claro, al llegar me pesó mucho la maleta. Tuve suerte de poner primero la pesada, porque la otra dio 14. Creo que dan menos peso cuando avanzan un poco que justo pegado al pasajero. En cualquier caso, la chica me invitó a probar a recolocar el peso y me dispuse a jugar de nuevo. Esta vez, cambiando las sábanas hasta la maleta de mano, logré equilibrar las tres. He de decir que me traje el nórdico y el albornoz que me regaló Fede, artículos que eran de peso y voluminosos. Así, las tres maletas estaban a rebosar e incluso una vez se me jodió por poco la cremallera de una de ellas. El peso ahora estuvo justo y pude meter ambas maletas sin sobrecargo. La cuestión ahora era la maleta de mano... que iba justita o pasándose. 

Me dirigí al control de seguridad y quien controla las tarjetas de embarque comprobó cogiendo mi maleta de mano que el peso iba en orden -a ojo-, además de apretar un poco la tapa para ver que cedía, ya que se veía hinchada. Pasé y sabía que no iba a tener más problemas, así que ya me relajé. Tuve hasta la amabilidad de poner el portátil aparte en una cajita al pasar el control de seguridad, cuando siempre espero a que me lo pidan expresamente -a veces he pasado tan tranquilo y es un latazo la operación de sacarlo y meterlo otra vez justo ahí-. 

En el duty free vi las ofertas alimenticias y me metí un bocadillo en el cuerpo además de una cola, a modo de almuerzo. No es que me llenara del todo, pero aguantaría y no quería dejarme la paga del mes en aquel sitio. Me acerqué a la cristalera de la terminal y le eché una foto a mi avión, con todo ligeramente nevado. De hecho caían unos pocos copos. Grabé un vídeo y me fui a sentar en un hueco libre. Junto a mi coincidía una chica rubia con una sudadera que ponía "Antwerpen University". Yo tengo una idéntica pero versión Maastricht, así que, imaginando que volvía a casa como yo, le dije "Ah, ¿tú también eres Erasmus?" y me respondió que no, que sólo viajaba a Sevilla. El acento me dio a entender que no era de Sevilla, pero tampoco identifiqué de qué parte de España. Le pedí disculpas y le expliqué que me había confundido por la sudadera, pues yo tenía una igual. Fue entonces cuando me aclaró que ella era de Amberes -Antwerpen en el idioma flamenco-. Sorprendido por el nivel de español que tenía, le hice saber que manejaba muy bien mi idioma y me lo agradecío, a la vez que me aclaró que era filóloga en lengua española. Estuvimos hablando un buen rato, en español, y comenzó a nevar más fuerte. Además comenzaba a formarse una buena fila, pero tan amena era la conversación que no me importaba esperar. Pese a ello, hice ademán de levantarme, diciéndole que ya era hora de ponerse a la cola por lo grande que era. Me comentó que siempre cogía prioridad de embarque y un sitio concreto cercano a la cola. Como me quedé un momento extrañado, me explicó las bondades del sitio en cuestión y, en efecto, llevaba toda la razón. Toda una experta en volar con Ryanair. Me invitó a reservarme el asiento de su lado, si quería, y nos encontraríamos allí. Acepté encantado, por lo bien que me había caído ella y la posibilidad de pasar el vuelo charlando en vez de aburrido y solo. Además, tenía curiosidad por ese asiento tan especial. 

En la cola tenía delante de mí dos sevillanos. Ingenieros, al tenor de su conversación. Me dejé saborear la sensación que se tiene cuando entiendes un idioma y la otra persona no lo sabe -aunque en mi caso pudieron adivinarlo, por el tono de piel- y fui avanzando en la cola hasta llegar a la puerta de embarque. Como Ryanair es tan amable, hay que caminar por la pista hasta llegar al avión. Con la nieve cayéndome en los ojos y aguantando el frío, caminé unos cien metros que se me hicieron medio kilómetro. Llegué a la cola del avión, entré y allí estaba, esperándome en el asiento que me dijo. Todo era tal y como lo habia descrito. Puse la maleta donde pude y a presión, pero no cabía bien... así que la cambié a otro lugar mejor. Tras todo el jaleo me senté, puse el chaquetón en el suelo y abroché el cinturón. La pista estaba muy nevada y la ventanilla se tapó completamente de nieve poco a poco. Pese a ello y, con un poco de retraso, el avión despegó sin problemas. 

Estuvimos dos horas y media hablando de todo y nada. El clima, Sevilla y sus monumentos, la gramática española, política nacionalista catalana comparada con Bélgica y hasta pude enseñarle algunas palabras andaluzas como rebujito o cacharro. A Sevilla la dejé en buen lugar, como suelo hacer ante extranjeros y siempre que no esté mi novia delante -en esos casos la capital andaluza es un pueblucho con río sucio y mucha "s" en loss oídoss.

A la altura de Madrid, ya de noche, comentaba Joy -no había comentado el nombre hasta ese momento porque, aunque resulte gracioso, tampoco nos habíamos presentado- que estaba todo muy despoblado. Le animé a ver la zona de Castilla-La Mancha, aún mejor. Como quería retarme a pronunciar su único apellido, me dejó su documento de identidad y bueno, en mi defensa diré que era difícil e hice lo que pude. Le enseñé entonces el mío y su dedo se fue directo a un dato, que no eran los dos apellidos -ella sabía ya esa costumbre española-, sino el año de nacimiento. Yo, tan tranquilo, le dije "Sí, mil novecientos noventa y uno" y ella me miraba extrañada a la vez que me decía que era tres años más vieja que yo, cuando pensaba que lo era yo. Es un clásico que nunca falla conmigo y se lo hice saber. Íbamos llegando y aprovechó para ver Sevilla de noche desde el aire. Como tenía que coger un taxi y exponerse a la habitual estafa por ser extranjera, le ofrecí venir conmigo, pues me tenían que recoger mis padres, y en el caso de que hubieran venido solos podríamos acercarla. No le aseguraba nada, pero aceptó agradeciendo el gesto. 

Al bajar del avión todos los operarios estaban abrigados hasta arriba, pero esos 7ºC nos sabían a gloria. Tres horas antes estábamos a veinte grados menos, así que debe entenderse el porqué íbamos tan tranquilos con los abrigos en la mano. Esperé mi equipaje y cogí un carrito -estaban enganchados para que no los cogieran, vale, pero a un lepero no se le niega el ejercicio de su derecho al carrito en el aeropuerto-. Mientras íbamos hacia la puerta, tuve la maldad de grabar un vídeo con la vuelta a casa y lo hice, de tal manera de crucé cámara en mano saludando a mis padres. Les presenté a Joy y les comenté la particular situación. No pusieron problema, ya que venían solos y fuimos al coche. No pude darle el toque a mi novia como que había llegado sin que el avión se la pegara contra el suelo, lo cual me auguraba que estaría impaciente esperando. Mejor, más sorpresa. Mi abuela me llamó y le dije que había llegado bien, que aunque tenía la pierna rota por la nieve no se preocupara, que me habían vendado y en un par de semanas tan tranquilo. Terminé por ceder cuando vi que ya se preocupaba y, tras colgar, me dijo Joy "ahora entiendo lo que me decías del buen humor de los leperos".

Tras irnos del aeropuerto tuvimos que realizar la hazaña de entrar en Sevilla para llegar a la Alameda de Hércules. Ni mi padre ni yo conocíamos la entrada correcta, así que estuvimos dando vuelta acercándonos por intuición hasta que lo logramos. Antes de que se bajara, quedé con Joy en agregarnoos al Facebook y le deseé una buena estancia. Ella nos agradeció mucho la ayuda y se fue contenta al hostal. Días más tarde me envió un mensaje agradeciendo de nuevo y recalcando la amabilidad de los andaluces, lo cual me llenó de orgullo -y satisfacción, claro-. 

Una vez salimos de Sevilla nos encaminamos hacia Lepe, toda vez que ya era para quedarme. Y aquí estoy, en Lepe aún, aunque buscando un piso para quedarme en Huelva por las noches y no ir cada día reventado a la Universidad. Coomo curiosidad diré que he tardado unas tres horas en relatar el viaje de vuelta... ¡y aún me quedan muchos viajes por contar!

lunes, 23 de enero de 2012

Sábado en La Haya (Países Bajos)

Tres griegos, dos españoles y una italiana en el extremo noroccidental de los Países Bajos. Parece de chiste, fue de ensueño.

Desde la izquierda, Marina (esp), Marina (gr), Stratos (gr),
Lilia (ita) y yo con el lago y el Parlamento holandés al fondo.

El día me comenzó accidentado. La noche anterior me habían comentado las dos Marinas que iban a visitar La Haya, por si me apuntaba pese a haberla visto dos veces ya -aun tengo pendiente contarlo aquí, sí-. Decidí unirme a la aventura y lo hice saber, así que respondí  preguntando la hora de salida... pero entraba la noche y no recibía respuesta. La opción que tomé fue poner el despertador a las 7 de la mañana y ver si tenía algún mensaje, con la curiosa suerte de que habían quedado a las 7:10 en el otro edificio. Marina (española) me lo había dejado escrito y me acerqué a su piso para pedirles unos minutos, con lo que volví corriendo a vestirme a contrarreloj. Creo que he batido mi propio récord. 

El Palacio de la Paz, sede del Tribunal Internacional de Justicia.
Una vez en grupo, fuimos en bicicleta hacia la estación de trenes y he ahí que cuando fui a comprar mi ticket no me admitían la VISA. Bueno, paguemos con efectivo... no tenía suficiente. Con minutos antes de que saliera el tren fui corriendo aal cajero y de vuelta a la oficina de venta de billetes. A la vuelta el tren no estaba... habían cambiado el anden desde el que sale la línea Maastricht-Amsterdam del 1 al 4. Todo salió bien y allí nos encontramos con Gabriella, una chica griega que ya conocía y que iba a venir con nosotros. Teníamos que hacer trasbordo en Utrecht Centraal para coger el tren hasta La Haya -vía Gouda, por cierto- y haciéndolo perdimos el tren por justo unos diez segundos. Vamos, que nos cerraron la puerta en las narices. En el letrero electrónico vimos otro tren hasta La Haya en 4 minutos, así que subimos de nuevo, corrimos como bellacos y bajamos al otro andén, donde esta vez sí que pudimos coger el tren a tiempo.

Un taxi muy curioso en La Haya.
Al llegar a La Haya lo primero que hicimos fue desayunar. Tomamos un café en el Starbucks y compramos algo en el Albert Heijn. En mi caso, un espresso solo y un paquete de patatas paprika (picantes). Dimos una pequeña vuelta y nos acercamos a la oficina de Turismo, donde nos indicaron los lugares más reseñables de la ciudad. Primero visitamos el Parlamento, aunque no entramos finalmente al hemiciclo y lo vimos desde fuera. Nos echamos una foto con el lago que había tras el Parlamento neerlandés y continuamos hacia la calle más vieja de la ciudad, donde estaba antiguamente el Parlamento y ahora hay un museo. De camino vimos la feísima embajada de EEUU y, tras ver la calle, la Embajada de España y la cancillería unos pasos más allá. Empezó a llover fuerte, pero nos acercamos igualmente al Palacio de la Paz, sede del Tribunal Internacional de Justicia, que es conocido por su localicación como el Tribunal de La Haya -no confundir con la Corte Penal Internacional, que recibe el mismo seudónimo y está en otro edificio, que no visitamos. A la vuelta vimos un taxi muy curioso, al que le eché la foto que se ve a la izquierda. De hecho, al fondo a la izquierda se ve el Vredespaleis -Palacio de la Paz-. 

Stratos y yo brindando un café.
Tocaba dar la vuelta hacia el centro, ya que no había ganas de ir a la playa con la que estaba cayendo. Fuimos a ver el Palacio de la Reina, Noordeinde Paleis, y sus jardines, donde nos echamos un par más de fotos. Como el estómago reclamaba, paramos a comer en un McDonalds y decidimos ir a tomar un café. Cabía la posibilidad de ir a una cafetería junto a la plaza, cerca de la cual estaba el mundo en miniatura tan famoso. Cogimos el viejo tranvía hayense para ir a la playa y vimos un gran hotel de color naranja dominando las vistas hacia el mar. Una construcción se adentraba en el agua, donde estaban una galería comercial, la cafetería y una torre de puenting. Subimos a la torre, pese a todo el viento que hacía y que provocaba que nos costara dar cada paso, y después fuimos a tomar un café, donde le propuse a Stratos la loca idea de "brindar un café". Gabriella dijo que daba mala suerte, pero no nos sucedió nada malo después de ello.

La puesta de sol en las playas de La Haya.
En la galería comercial me compré una corbata de listas diagonales y un fondo con molinos de viento muy sutiles pero bonitos. No es mi estilo de corbata precisamente, pero ya le he cogido cariño y preveo que me la pondré más de una vez llevando orgulloso mi paso por estas empapadas tierras del norte. Acompaño además una bonita fotografía que hice a las vistas desde la galería hacia el oeste. El sol podía verse difuminado pese a la gran cantidad de nubes que hay siempre en Holanda. Gabriella, Marina, Lilia y yo intentamos entonces visitar el Madurodam, a unos tres kilómetros de allí, mientras Stratos y Marina seguían en la playa. Dimos el paseo en vano, pues estaba cerrado hasta de abril... así que nos volvimos en tranvía, que estaba completamente petado. Cuando lo vi propuse en seguida esperar al siguiente, pero nos subimos porque todos iban a estar igual seguramente. Además, como subimos por la puerta de atrás, nos esperaba una odisea preciosa hasta llegar al inicio y poder pagar el billete. Sólo teníamos que hacerlo Marina y yo, que carecemos de Chipkaart -tarjeta para pagar en todos los medios de transporte holandeses-. Fuimos poco a poco, pero en el último vagón era imposible caminar más... y estuvimos ahí esperando unas cuantas paradas a que se bajase la gente para poder seguir. Al final se bajaron, si, pero en la estación central, donde también nos bajábamos nsootros. Sin quererlo ni berberlo: simpa. 

Marina, Lilia y yo comiendo pizza por la noche, tras el viaje.
Nos tomamos algo en el Starbucks de nuevo y me tomé un Frapucino tras probar el que se pidió Marina -nos lo dio a probar a todos y era café helado con vainilla-. Después nada, al tren y para casa. Cogimos el que iba hacia Utrecht Centraal para hacer el cambio directos hasta Maastricht. Todo bien y llegamos a Maastricht sanos y salvos -tengo un vídeo y fotos del trayecto que no tienen desperdicio-. Stratos se fue a casa de unos amigos suyos y Gabriella vivía cerca, así que Marina, Lilia, Marina y yo nos cogimos unas pizzas y las llevamos a la residencia para comerlas allí. Estaban heladas por haber sido transportadas en la parte trasera de la bici... pero lo importante era la compañía.




miércoles, 11 de enero de 2012

Maastricht una vez más

¿He vuelto o me he ido? Ya no lo sé... Tras tres semanas en Lepe pasaré tres semanas en Maastricht. Son cuatro vuelos sin escalas en dos meses, pasando de Holanda a España, de España a Holanda y otra vez de Holanda a España.

Después de escribir la última entrada de este blog -entiéndase como la previa a ésta- me acosté una horita y terminé de preparar el equipaje. Finalmente dejé en casa un chaleco que abriga muy bien y que me regalaron mis padres por Reyes... más por cuestión de peso por cualquier otra. He venido lleno de consumibles que se consumirán, oseáse: jamón, mantecados, hojaldre, polvorones, turrón... y no va a volver nada, lo aseguro. Compartiré un poco con compañeros de aquí, eso sí. 

Salimos, mis padres y yo, hacia el aeropuerto a eso de las tres y media, con tiempo suficiente dado que no tenía que facturar nada. Vine con una maletita de mano, bufanda, guantes, gorro y chaquetón. Por cierto, bufanda y gorro también han sido parte de la campaña de recolección de Reyes 2012, cortesía de mi suegra. Cuando quedaban unos 40 minutos para el cierre de la puerta decidí pasar seguridad y llegaron, una vez más, las despedidas. Más difíciles para mis padres, menos para mí. Al fin y al cabo, volveré pronto y esta vez tenía sensación de rutina, no de despedida para largo tiempo. Finalmente, me dirigía a un lugar conocido, no como la otra vez. 

En seguridad no tuve problemas. Por primera vez después de varias no me pitó la puerta -odio quitarme la correa, aún a riesgo de que me pasen el detector o me cacheen-, pero cuando iba a recoger las cosas quien monitorizaba la cinta me indicó que pasara el portátil en una caja y la maleta de nuevo. En fin... puerta atrás y a esperar, haciéndose señas a mis padres de lo que sucedía. Cogí las cosas, me despedí por última vez y rumbo a la puerta de embarque, aún cerrada. Abrió a los diez minutos y nos quedamos esperando en una rampa junto a la pista de aterrizaje. Sí, éstos de Ryanair nos tratan como animales, como aseguraba un pasajero que viajaba con su hijo. Por fin nos dieron señal y fuimos hasta el avión. Tomé asiento y a esperar al despegue, tras el cual contemplé escasos cinco minutos de panorámica y caí rendido. Al despertarme vi que quedaba para aterrizar una hora más o menos, pero logré dormir a ratejos. Holanda se dejaba ver entre canales, niebla y nubes sin parar, como los de la foto. 

Una vez en Eindhoven cogí el autobús que me llevaba al centro, donde conocí a dos sevillanos que vivían en Holanda -andaluces por el mundo-. Por casualidades de la vida uno de ellos era el que iba con su hijo, que se dirigía a un pueblo cercano a Utrecht. El otro se bajó a medio trayecto, pues estaba haciendo un Master en Eindhoven. Del primero me despedi al llegar a la estación de trenes diciendo que iba a comprar los billetes, pero tomé el pasillo contrario sin darme cuenta. En cualquier caso, aproveché la presencia de un burguer king para desayunar a las 10.00. Sí, tenía hambre y con eso aguantaría lo suficiente. Fui, esta vez sí, a la oficina de venta, donde había no menos de seis españoles uno tras otro. Cuando tuve el mío fui al anden, pero llegué tarde por cinco minutos, así que a esperar. Aproveché para grabar un pequeño video e irme a la parte delantera del tren. ¡Qué leches, cuando llegó me vi a la mitad, así de largo era! Debía medir al menos doscientos metros e incluso puede que más. Cubre la línea Amsterdam-Maastricht atravesando Holanda por el centro, así que se comprende, aunque iba casi vacío. 

El viaje en tren fue tranquilito, como esperaba. A media hora de llegar me entró sueño y pegué una cabezada corta. Llevaba desde las 7 de la mañana del día anterior sin dormir del tirón, sólo a trompicones de una hora, veinte minutos, etc. Quizás sea por eso que anoche dormí catorce horas y aún podía pegarme unas más, dado que había estado unas treinta y cinco sin dormir bien. En cualquier caso, cuando llegué a la estación estaba convenientemente en el primer vagón y me ahorré caminar todo el andén hasta la salida. Cogí el autobús de la linea dos hasta Malbergsingel y pasé por la puerta de Talienruwe hasta mi piso. Entré, dejé de las cosas y me eché la prometida foto que se ve a la derecha.


lunes, 9 de enero de 2012

Vuelta a casa (II)

Me senté en mi asiento, pegado a la ventanilla, tras colocar mi equipaje de mano encima mía. Por exigencias de una azafata puse el chaquetón encima del maletín, el vuelo iba muy cargado y por megafonía pedían colaboración ante este suceso. Una pareja se sentó a mi lado, creo que holandesa.

Antes de despegar miré la hora; iba con retraso. Apagué el móvil y puse mi cazadora bajo el asiento de delante, tal y como pedían las azafatas. Me encanta viajar en avión y sobre todo el despegue y el aterrizaje, así que ningún problema con esos minutos. Según las indicaciones del capitán, no tendríamos incidencias en el que iba a ser el décimo vuelo de mi veinteañera vida. Una vez en el aire pude contemplar la extensión de la llanura holandesa, toda verde y salpicada de canales. Como había dormido poco la noche anterior y me esperaba un día largo en España, me dispuse para poder dormir y me forcé a ello, sin lograrlo, hasta que finalmente caí rendido fruto del agotamiento, con la ventanilla cerrada. Al abrir los ojos miré la hora y vi que aún quedaban unos largos sesenta minutos de vuelo. Abrí la ventanilla y contemplé un paisaje árido, montañoso y marrón: España. Lo sé porque recuerdo que el capitán había dicho que pasaríamos por Asturias dirección Faro. En cualquier caso, fuese Portugal o España, se notaba la diferencia de la península respecto a las tierras bátavas. Finalmente, descenso, vistas de un campo de golf, sobrevolamos un poco el Atlántico y volvimos a tierra para aterrizar en Faro, Portugal. 

La alta ocupación del avión provocó que tardase un poco en bajarme, pero había sido puntual incluso pese al retraso. Éstos de Ryanair saben mucho y proyectan 3 horas para vuelos de dos y media. Cuando por fin salí a la puerta de avión, sentí calor y los ojos me hicieron chiribitas. Si Holanda me despidió con su tiempo típico, mi península ibérica no iba a ser menos. Medio segundo de contemplación y a la escalerilla. El maletín pesaba, pero caminaba rápido, adelantando a los demás viajeros. Sólo una familia holandesa que iba, como yo, con equipaje de mano pudo seguir por delante mía en el apasionante eslálon que había que hacer entre pasillos hasta salir de la terminal. Al fin veía gente fuera y supe que estaba cerca, pero no veía aún a mi familia. Paré un segundo a dos metros de la salida, cambié el maletín de mano habiéndolo dejado en el suelo y continué. A la izquierda estaban todos: mi padre grabando en vídeo, mi madre ansiosa mirando a la salida y mis hermanos expectantes. Mi única palabra fue "¡buenas!"

Tras los abrazos, besos y bienvenida en general, caminamos hacia el coche, donde mi padre me dio una lata de pepsi y me preparó un bocadillo de chorizo. ¡Qué bien sabe la comida española, leches! Pagamos el parquímetro, me pusieron al día de la actualidad familiar -ningún fallecimiento, pero enfermedades varias cuya noticia no había llegado a Holanda a propósito- y pusimos rumbo a España. Debido al peaje de la autovía debimos coger la carretera nacional, todo un latazo. Di un toque a mi novia y me deleité con el solecito ibérico. 

Unos veinte minutos después de pasar la frontera llegamos a Lepe. Pedí a mi padre que parase para hacer una maldad. Fui al maletero y saqué una de las banderitas de Holanda y la saqué por la ventanilla. Al llegar a la altura de la casa de mi novia la saqué y, mientras mi padre hacía sonar la bocina, gritaba ¡vuelvo como un presidente de la república, en coche oficial! al ver a mi novia asomada al balcón -la última vez que la había visto en persona, me iba en coche mientras dije "me voy como un presidente de la república"-. Ella reía y me bajé del coche. No estaba la cosa para hacer de Romeo, así que me dirigí a una puerta del edificio. Leches, era la otra. A correr. Allí estaba. Abrazos. Besos. Emoción. 

Ella tuvo que irse a Sevilla a pasar la nochebuena con sus abuelos, por lo que estuvimos juntos sólo diez minutos. Después fui a casa de mi abuela materna, donde llegué y saludé con toda naturalidad, como si estuviese todos los días allí. Entonces caminé hacia mi abuela y fue cuando reaccionó rompiendo a llorar mientras me abrazaba. Estuve allí con mi familia un rato y fuimos a casa. Tres meses y sólo me parecía que hubieran pasado unos días: todo igual. Eso sí, cuando subi a mi habitación la temperatura me chocó, acostumbrado a la de Maastricht con la calefacción 24h. Fui corriendo a casa de mi amigo Dima para saludarlo y me quedé a tomar algo, hasta que llegó la hora de volver a casa, ducharme y vestirme para la cena. Fui con el tiempo justo para ir a Isla Cristina a cenar con la familia, donde me quedé fuera para hacer creer que me había ido a Sevilla y, una vez que entré, fui hasta la cocina en silencio acercándome a mi abuela paterna para decirle junto al hombro mirando la comida ¡uy, qué rico!

Durante la cena tuve momentos para contar curiosidades sobre Holanda y responder a preguntas sobre el país de los canales. Además, pude tener debate jurídico sobre penas, juzgados, procesos... en mi salsa y defendiendo posturas poco políticamente correctas. Al volver a Lepe, tanto Dima como yo estábamos cansados, así que fui a la cama directamente. Acostumbrado a tener sólo una sábana y el nórdico, las tres mantas con el edredón me hacían sentir como si me fueran a aplastar. Pese a ello, no me costó conciliar el sueño: ya estaba de vuelta en casa.

sábado, 7 de enero de 2012

Vuelta a casa (I)

El día 24 de diciembre volvi a casa... y fue un viaje ajetreado. Por fin estaba en España y con mi familia y amigos, bajo mi sol andaluz y en mis temperaturas leperas.

00:00.- Casa de Marina y Berta. Cena navideña entre españoles para despedirnos antes de irnos a la mañana siguiente. Me despedí de Berta que llegará unos días después de irme yo en febrero. Estuvimos cenando una comida deliciosa de tortilla de patatas y tacos en los que Marta tuvo mucho que ver. Tras la cena, las despedidas. 

01:50.- Me despido de Íñigo. La maleta estaba preparada, la colada hecha y la ropa planchada y guardada en el armario. La ropa para el día siguiente sobre la silla y todo preparado sólo para cogerlo y salir. Hora de acostarse tras comprobar que el maletín de mano pesaba sobre 10kg con un poco de exceso. 

07:00.- Suena el despertador. Fui a la cocina a prepararme el último café vacuno del año. Limpié y dejé recogida la cocina, tras lo cual guardé la taza de vaca en mi habitación y me eché la foto de despedida una vez vestido. Cogí las cosas y salí de la casa, cerrando todo con llave. 

07:40.- Parada del bus. Una vez tirada la basura y de camino a la parada, dediqué una última mirada a Talienruwe. Mi cara sonreía con alegría mientras unas gotas caían sobre mis manos. Miré al cielo y otra gota me cayó en el ojo... Holanda iba a despedirme con su tiempo más típico.

07:50.- Autobús. No había tardado mucho, iba con tiempo. Al minuto de subirme sentí que me faltaba algo y no necesité revisar: no recordaba haber cogido el billete del avión y el del tren. La suma económica del error podía llegar a los 55€ fácilmente, así que mejor volver atrás mientras se podía. Me bajé en la primera parada y comencé a caminar deprisa hacia casa, de vuelta, sudando bajo aquella llovizna antes del amanecer con el maletín cogido como si fuese un bebé, en brazos. 

08:03.- De nuevo en casa. Volví a revisar toda la calefacción, cogí los billetes y salí a la calle. Vuelta a empezar, pero con retraso.

08:16.- Parada del autobús. Una vez más en el mismo sitio, pero el transporte no llega. Nervioso, consulto los horarios y en vez del típico autobús cada 5-10 minutos pasan cada media hora o más y algunos empiezan a las 9. Maldito sábado. 

08:26.- Autobús. Tras una espera de diez horas, llegó el autobús y me cercioré de que iba a la estación central (por si las moscas). Aunque ya estaba en camino iba tan nervioso como en la parada, ya que los trenes salían cada media hora y presumiblemente había perdido dos. A cada parada iba mirando el letrero con la siguiente parada y la hora de llegada estimada. Para mi suerte había poco tráfico y un trayecto de unos veinticinco minutos se hizo en quince.

08:45.- En el tren, con tiempo. Pude llegar casi diez minutos antes de la salida del tren, así que me senté, me puse cómodo desabrigándome y coloqué todo de manera que pudiera dormir sin que me hurtasen nada. Pese a la preparación, poco podía dormir, así que me puse a cerrar los ojos y a mirar el paisaje a intervalos, con una duración estimada del viaje de 1:30 horas. 

10:05.- Eindhoven. Bien, el tren había llegado antes de mi previsión, pues me confundí con la duración del viaje, lo cual me daba tiempo extra y la seguridad de llegar a tiempo a un vuelo cuya puerta de embarque cerraba a las 12:45 y sin tener que facturar. Fui a coger el autobús que iba a llevarme al aeropuerto, pero no llevaba dinero suelto para la máquina que imprimía los billetes, por lo que tuve que ir de vuelta a la estación a comprarlo en la oficina. 

10:40.- Aeropuerto de Eindhoven. Visité los aseos, ya en el sitio que debía y con tiempo de sobra. Me eché un par de fotos y busqué algún sitio donde comer algo. Finalmente, decidí esperar a pasar primero el control de seguridad, lo cual hice con el maletín pesándome 10,5kg en el control de peso. Continué y me pitó la máquina, así que me cachearon y creo que fue cosa del cinturón. 

11:15.- En el duty free. Compré unas pringles y waffels (galletas con sirope, tipicas de Holanda). Lo meti todo en el maletín y me dispuse a esperar, pero cuando más tranquilo estaba observando los aviones aterrizar y despegar a través de una cristalera vi que las puertas de embarque tenían control de peso... y había comprado unos 400gr más. 

11:50.- ¡Idea! Comencé a sacar cosas una a una, las que pesaban más y eran comida, para que el maletín pesara exactamente 10kg. Lo logré con un margen de error de 100gr, porque ponía unos caramelos de ese peso encima y el maletin se iba al fondo con la banderilla roja. Lo que quedó fuera lo metí en el chaquetón en sus mil bolsillos. Cuando terminé el chaquetón pesaba unos 3kg y algo, pero decidí ponérmelo. La puerta tenía que abrir pronto y tenía que acomodarme os bultos para que no fuera descarado... aunque la cara me delataba. Mejor hinchar mofletes. 

12:15.- La hora, pero la puerta no abre. No hay noticias de mi vuelo, ni siquiera un avión en pista. Varios vuelos que iban después ya tenían puerta, pero el mío aún nada. Decidí esperar pacientemente mientras comía algunas patatas más y dejaba el abrigo a un lado. 

12:45.- La hora de cerrar... fue la hora de abrir. El avión llegó tarde y tarde tuvimos que entrar a él. No obstante, las gallinas que entran por las que van saliendo. Ryanair no tenía, para mi sorpresa, control de peso en la puerta por la que iba a embarcar. En seguida me puse a la cola y, con el maletín en una silla, fui devolviendo cosas a su sitio hasta quedarme con un par de ellas que hacían poco bulto. Me cerré el chaquetón y puse el gorro, con los guantes en la mano. Iba, obviamente, muy abrigado para la temperatura del aeropuerto, pero aunque se dieran cuenta ya estaba a punto de cumplir la gesta de volar con Ryanair y llevar 13kg de equipaje de mano sobre 10 permitidos... e incluso el exceso pudo ser mayor. Una vez pasé la puerta... todo estaba hecho. Sólo quedaba volver a casa.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Miércoles en Eindhoven (Países Bajos)


Este miércoles me paseé por una nueva ciudad holandesa: Eindhoven. Pese a su nombre, perfectamente podría ser simplemente la "ciudad de Philips", porque está llena de estatuas, calles y edificios de la famosa marca de productos eléctricos.

Feng tenía que ir a recoger unos documentos, así que me avisó y aprovechamos para ir a Eindhoven, en la provincia de Brabante del Norte. No hubo percances en la ida y llegamos a las diez y poco. Nos orientamos con su GPS, auunque antes de nada teníamos que echarnos la obligada foto con el cartel. A falta de un cartel como en la frontera o cuando llegamos por carretera, nos la echamos con la estación al fondo, que tenía el nombre de la ciudad letras bastante grandes. 

Por falta de tiempo no pude mirar bien qué había en Eidnhoven para visitar, aunque Feng llevaba los deberes muy bien hechos y sabía donde estaban los sitios, que había marcado en el GPS. 

Tras pasar por la zona comercial nos encaminamos a una catedral, en la que eché algunas fotos por dentro pero como es normal quedaron muy oscuras. También eché una por fuera y he aquí que salió mejor... aunque se aprecia la inmensa niebla que hacía este miércoles, ya a finales de noviembre.

Con la primera cita cumplida, era hora del museo. Por el camino nos encontramos un centro comerial bastante bonito y navideño que daba juego a muchas postales navideñas. También había en el un establecimiento del Holland Casino, la cadena de casinos más famosa de Holanda. Claro que... dentro olía mal, como a estiércol, y nos pedían cinco euros en fichas para entrar. Obviamente nos despedimos.
En la misma plaza había un McDonalds, donde comimos. Hacía dos años que no pisaba uno, pero bueno, comer basura de tarde en tarde no es tan malo para el organismo. En el centro de la plaza había una estatua de Frits Philips, el fundador de la empresa de productos electrónicos que lleva su apellido, y me hice varias fotos, entre ellas una imitando su gesto con la mano y los dientes sacados. Es el hermano gemelo del Sr. Burns y hasta tiene un montón de edificios aquí y el estadio de fútbol, así como el equipo local (PSV Eindhoven) llevan su apellido.
Después fuimos a un museo de arte contemporáneo, donde salvo honrosas excepciones que llamaron nuestra atención, era imposible pillar nada porque, evidentemente, las explicaciones estaban en neerlandés. Lo mejor del museo fue al salir, cuando pregunté por un vídeo que hablaba del conflicto racial en Holanda en el que salían términos en holandés. Terminé dándome cuenta que no es España un mundo alejado de Europa en cuanto a xenofobia y odios raciales... incluso en España se da más la bienvenida a los extranjeros que, por ejemplo, en Limburgo. Según la misma trabajadora del museo, Limburgo es la zona más radical a la derecha de Holanda, donde más xenofobia hay y, por ello, en el norte se dice entre amigos que hay que "cortar" Holanda y quitarse ese apéndice del sur que tan diferente es de ellos. "Que se lo lleve Bélgica o Alemania", dicen algunos.

Adjunto la imagen de una obra que sí me llamó la atención: el círculo de madera. Al museo le costó la friolera de 30.000€ en donaciones quedarse esa composición de ramas secas. En fin, si me hubieran pedido presupuesto...


No quedaba más en la ciudad que fuera interesante -salvo que incluyamos en esa categoría el mini-barrio rojo de la ciudad, que no llegamos a visitar-, así que vimos unos rascacielos, los edificios de Philips y un edificio extraño con forma de champiñón bastante grande. Eso sí, vimos una curiosa estructura de metal y cristal que recordaba al Louvre y las entradas del metro, que se parecían a las de Bilbao. 

Tras ver el estadio del PSV Eindhoven -el Philips Stadion, como no-, nos dirigimos a la estación de tren. Nos recogimos temprano, a las cuatro de la tarde, y yo estaba con una cojera tremenda. Me había empezado a doler el pie mientras íbamos hacia el estadio y el edificio con forma de champiñón -unos 3-4km de recorrido- y para colmo empecé a sentir molestias en el vientre... era el pie o la tripa y tenía que ir al servicio así que sacrifiqué el pie. De hecho, estamos a domingo y aún se me resiente un poco por el esfuerzo que hice aún doliéndome. No obstante, no podía hacer otra cosa: tenía que llegar a casa.

martes, 15 de noviembre de 2011

Paseo por el bosque de Kanne

Otro vídeo, otro paseo, otro bosque. Esta vez estoy con Feng y el vídeo es más largo, más ameno. Me limito a acompañar la cámara con nosotros mientras damos una vuelta por un monte al sur de Maastricht. Espero que disfrutéis viendo el vídeo tanto como yo grabándolo.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Sábado en Eben-Emael (Bélgica)

 Otra internada en bicileta a Bélgica, esta vez para visitar una fortaleza de la Segunda Guerra Mundial. Aunque había avisado por Facebook, sólo Feng me dijo de venir. Así, quedamos a las 09:30 de la mañana a 2ºC de temperatura y con el cielo despejado. Yo me abrigué a conciencia, quizás demasiado. Camiseta de interior, camiseta, chaleco y cazadora más guantes, gorro y bufanda. Vamos, artillería ligera. Además, como me llevé las gafas para no escandilarme con el sol parecía que iba a esquiar. 

En la salida de Maastricht Feng volvió a salirse con la suya, aunque esta vez me llevó por calles que no conocía. Finalmente llegamos a la carretera en cuestión y logramos salir de la ciudad rumbo sur. El primer paisaje, de flores al fondo sobre una colina, se llevó la primera foto del día. Poco después vimos un cartel que señalaba un monumento en un monte, así que decidimos hacer un alto. Mientras ascendíamos vimos puertas que indicaban que allí había búnkeres subterráneos. Llegamos a lo que parecía un pequeño complejo y menuda sorpresa nos dio una inscripción en la entrada que rezaba "Aquí se firmó el Tratado de Maastricht el 7 de febrero de 1992". Entramos y vimos un par de restaurantes, aunque la zona estaba desiera completamente. Eso sí, pudimos entrar a un restaurante que aprovechaba una de las cuevas... precioso. 

Como vimos un camino que se adentraba en el monte... nos metimos por él aunque viéramos un cartel de prohibido el paso. Total... sólo aparecía escrito y ninguno de los dos sabemos holandés así que "no teníamos ni idea de lo que ponía". A raíz de esa prohibición empecé con cachondeo a especular con minas antipersona por el monte, broma que incluso aparece en un vídeo que grabé. En la foto de la izquierda le estaba pidiendo a Feng que apretara el flash justo cuando pisara la mina, para que me favoreciera la foto en el momento de la explosión. A falta de mina -y menos mal- se me ve pisando una piedra que había por ahí. Estuvimos dando una vuelta por la cima y a la hora de bajar, como daba pereza dar marcha atrás... Feng propuso bajar por la ladera. Hacerlo nos costó un poco, pero pudimos vovler al camino. 

Cuando salimos del complejo de la ladera del monte llegamos al primer pueblo belga, con lo que habíamos pasado la frontera sin echarnos la foto de rigor... excusa perfecta para volver. El cambió de país se notaba en la crisis. Sí, sí, los Países Bajos y Bélgica la llevan de manera diferente. Aunque hay el mismo número de adosados en venta, aquí ponen "Te koop" y allí "A vendre". He de decir que no se cuál es peor: el primero amenaza y el segundo te manda por ahí. 

Tras pasar el canal de Alberto -cada vez que lo nombro me viene la dichosa rima a la cabeza...-, en el que echamos una foto a un carguero enorme que transporataba contenedores hacia el sur, nos dirijimos a la fortaleza de Eben-Emael. Allí puse en práctica mi oxidadísimo francés intentando entenderme con el guía que estaba dando paso a un grupo y, vaya, más o menos me apañé. Aunque no pudimos entrar porque tenía que hacerse bajo reserva, pudimos echarnos fotos con un tanque ligero que había allí y supimos que el día 26 de noviembre podremos entrar libremente y gratis. Sobra decir que no reservaremos nada por Internet, ¿no?

Nos supuso un chasco no poder entrar a ese infinito entramado de túneles, metal, defensas... todo a un coste elevadísimo, una fortaleza considerada inexpugnable en la aquella época. Feng se preguntaba cómo podrían tomar un sitio así, a lo que le respondí que "Lo tomaron 85 paracaidistas y cayó en 24 horas". Así, la fortaleza, aún orgullo nacional belga, no es más que un monumento al derroche y a la estupidez humana. Recompuestos de la mala noticia, nos encaminamos a la torre de Eben-Ezer, siguiente parada.

La torre, construida por unos cuantos hombres a iniciativa de un pacifista en el Siglo XX, constituye un verdadero monumento a las atrocidades y a la estupidez humana, pero esta vez de verdad. El bueno de Robert Garcel, que se ve que perdió el juicio en su madurez, llenó esta construcción de símbolos relacionados con el número "4", con inscripciones en griego, dibujos en las losas y alegorías del apocalipsis por todas partes.

La primera planta tiene su qué, más que nada por la inscripción que rodea a los cuatro querubines (león, toro, águila y humano) delante de un mural que va desde los romanos hasta Hitler, pasando por una gran Bestia que pisotea a un cordero. El cuerpo de la Bestia está hecho con monedas por escamas y alusión a los imperialismos filosófico, económico, financiero y político, con la mirada permisiva del Vaticano. Da algo de sensación tanta alegoría apocalíptica, que unido al olor del edificio, que por alguna razón me recordaba al de una Iglesia, me hizo no bajar la guardia. 

En lo alto de la torre descansan cuatro sendas estatuas de los querubines, los cuales se ven desde varios kilómetros de lejos. Fuera, a los pies de la torre, un parque contiene una exposición de arte fantástico -arte moderno, ya se sabe-. Feng y yo hicimos una pausa en una cafetería cercana y dimos cuenta de una Leffe negra aprovechando que allí esa delicia cuesta lo mismo que la cerveza normalita en Maastricht. Me recomendaron una cerveza rubia hecha artesanalmente en la zona, así que tengo otra excusa más para volver. Además, he de confesar que me resulta mucho más grato el ambiente francófono que estar rodeado de flamenco. Tras tomarme una tortilla de jamón y unas bolitas de ternera picantes con salsa "andalouse". Más tarde he descubierto que existe ciertamente, pero es belga, no andaluza. Y para quien se lo esté preguntando, sí, podía elegir entre varias salsas y me decanté por la que supuestamente era de mi tierra: me gusta vivir al límite. 
El caminoo de vuelta empezaba sobre las dos y media de la tarde, tiempo suficiente como para llegar, tomar una ducha y llegar a tiempo al partido de Inglaterra-España. No obstante, había una parada programada en el camino en las exclusas de Lanaye, conocidad como "El embudo de Lanaye" por lo pequeñas que son en comparación con el tráfico que soporta. Tras subir a duras penas un monte vimos las increíbles vistas que se tenían desde el mirador. Bajamos por la otra ladera y vimos la exclusa, donde dos cargueros estaban pasando a la zona inferior. Nos quedamos unos diez minutos apreciendo la velocidad y nos alejamos para ver las compuertas, pero tuvimos que hacerlo demasiado para ver algo y al final decidimos volver directamente.La foto es de la posición en que nos pusimos para intentar ver algo de las compuertas negras que se ven al fondo. 

Volvimos a casa exhaustos, no tanto por los kilómetros recorridos sino por las cuestas que tuvimos que subir en el trayecto. Hicimos en total 30,3km de recorrido, de los cuales 5 podían ser cuestas, sin exagerar, siendo además las peores la de los tres montes que subimos: al complejo del restaurante, a la torre de Eben-Ezer y para llegar a Lanaye. Como es costumbre, añado el mapa de ruta:

viernes, 4 de noviembre de 2011

El paseo por Valkenburg

Ya era hora de que fuera subiendo el vídeo que hice en Valkenburg. Tras semana y media en la que por fin relaté todo lo que había pasado a kilómetros de Maastricht, aquí traigo el vídeo que dije que había hecho cuando me metí por el caminito paralelo a la carretera. 

Espero que guste y sí, sé que tengo poco o ningún acento andaluz en él, pero aquí hablo normalmente español casto y puro porque rara vez me encuentro con andaluces. No obstante, es un gusto soltarme cuando tengo la oportunidad, aunque he de decir que tampoco que me es incómodo hablar español.

domingo, 30 de octubre de 2011

Viernes en Tongeren (Bélgica)

No puedo decir que me haya aficionado a levantarme temprano, ni siquiera a pedalear durante kilómetros y kilómetros... pero me confieso amante del turismo de bajo coste. La salida a Tongeren me costó casi siete euros, no más. Y vais a poder juzgar, por lo que cuento, si mereció la pena o no la inversión. Yo la veo muy rentable.

Me levanté sobre las ocho y media, como la otra vez. Aunque había quedado con Feng, estuvimos debatiendo por Facebook el inicio de la ruta y al final nos retrasamos un poco. Vamos, que entre una cosa y otra dejamos Maastricht a las diez y algo, pero tampoco teníamos prisa. Tardamos aproximadamente hora y media en llegar a ritmo de paseo y nos dio una alegría tremenda ver el cartel que indicaba que entrábamos en Tongeren. Por supuesto nos echamos la foto que no puede faltar, con el cartel, lo cual empieza a ser tradición. Habíamos recorrido ya unos 20km, dispuestos a dar ahora un paseo por la ciudad. Recorrimos las calles que ya yo previamente había visto en Google Maps y llegamos al centro, donde dejamos las bicis aparcadas en una farola -Bélgica no tiene tanta infraestructura para bicicletas... y cuando uno se acostumbra a lo bueno lo echa en falta en su ausencia-. 

En la plaza del centro estaba la estatua de Ambiórix, caudillo de la tribu de los belgae, que luchó contra Julio César en la Guerra de las Galias. Lo reconocí inmediatamente y, agradeciendo la suerte de haberlo encontrado tan pronto, me eché un par de fotos.

Después estuvimos buscando el Museo galo-romano, pero por el camino entramos en una iglesia gótica bastante mona en cuyo interior colgaba un crucifijo sobre el altar. Justo detrás del punto desde el que hice la foto estaba la cámara del tesoro, lo cual por aquí ya he visto en dos o tres iglesias... ¡qué les gusta acumular dinero a estos cristianos!

Tras preguntar a una limpiadora y a duras pena entender lo que decía en flamenco, pudimos encontrar el edificio del buscado museo y vimos los precios con inesperada alegría. Siete euros para adultos, 5 para pensionistas... y sólo uno para menores de veitiseis años. La dependienta se fiaba y aún casi se enseñamos los DNI para demostrar la edad. Dejamos las mochilas en una taquilla y recogimos una guía que había que devolver al terminar la visita. El museo, bastante completo, hacía un interesante recorrido desde medio millón de años de la prehistoria hasta la dominación romana y las invasiones bárbaras.

Tras echarle una foto a un neandertal que estaba tumbado y abierto para observar sus órganos, Feng y yo fuimos recorriendo la sala 0, dedicada a la prehistoria más profunda. Los vídeos estaban en cuatro idiomas, por suerte uno de ellos era inglés, así que cada vez que veíamos una de esas pantallas íbamos a echar un ojo a ver qué nos contaba sobre los antepasados belgas. La conclusión, a juzgar por los mapas de expansión de culturas... es que lo que de España vaya tarde en los descrubrimientos nos viene de lejos. Nos echamos una graciosa foto en una tienda prehistórica a base de pieles y vimos unos vídeos sobre cómo cocer agua, elaborar pieles o preparar hachas neolíticas. Pese a todo lo interesante estaba por venir.

En un museo galo-romano, por mucho que la sala 1 estuviera dedicada a los pueblos bárbaros de los cinco mil años de la era anterior a la nuestra, tenía que tener objetos galos y romanos por la fuerza. Y ya al final de la sala 1 se veía la conquista romana de la Galia por Julio César, con un soldado romano y un galo perfectamente ataviados. Con el romano, tras ver que llevaba correctamente su indumentaria -le sobraba ese penacho, por cierto- me eché una foto; al galo lo llevo en la memoria y va que chuta. La última sala estaba repleta de objetos de la era romana, pero quizás menos interesantes en cuanto a contenido explicativo. Eso sí, la colección de ánforas era bastante grande, como suele suceder, al igual que la de monedas.

Tras terminar la visita cultural, el estómago tocaba diana, así que nos acercamos a un supermercado, donde me agencié fiambre, pan y agua. Feng, más previsor, llevaba un táper de pasta con tomate. Fuimos caminando hacia el muro romano y cuando vimos la maqueta y monumento que había cerca de donde tenía que estar fuimos a ir a comer. Al sentarnos, vimos el muro -o lo que quedaba de él- frente a nosotros. Dimos buena cuenta de la comida y echamos un ojo a dos máquinas de artillería romana que había expuestas: un onager y un scorpio. Al onagro definitivamente le faltaba la cuchara, así que Feng tuvo el detalle de donar temporalmente la suya para completar la maquinaria, como se aprecia en la foto.

Continuamos siguiendo el muro y nos echamos unas fotos antes de volver al centro para ir a ver el muro interior. Sí, Tongeren, que es la ciudad más antigua de Bélgica, tenía un muro interior y otro exterior de lo que de expandió la ciudad. Estuvimos buscándolo hasta que dimos con él y, aprovechando las piedras salientes, nos echamos las típicas fotos escalando el muro.

Lo interesante llegó cuando nos echamos una foto arriba del muro, que por el tamaño que tengo yo encima de él calculo que tendría unos cuatro metros de altura. Imponía más respeto posar para la foto que subir o bajar, desde luego.

Con el muro romano bastante visto, fuimos a emprender el camino de vuelta, pero debíamos atender ciertas necesidades fisiológicas. Como en el centro comercial del centro no había aseos -logré traducir el eslogan, que era "En Julianus, el cliente es César"-, decidimos ir a un bar y tomar algo para usar sus instalaciones de camino. Paramos en un pub y, como había billar, pues aprovechamos para echar una partida.

El café, cuyo precio asustaría a Zapatero, nos costó 1,90€, pero en su defensa hay que decir que además de estar bueno venía acompañado de una bandejita con la leche, el azúcar en terrones y una galletita de barquillo. Vamos, nada mal.

Aunque a Feng le dio por quitar el papel de la ranura fuera de servicio y echó la moneda donde no era, vino el dueño y nos solucionó el problema. Y pese que iba perdiendo yo, él coló la negra cuando sólo le quedaba ésta, pero en la tronera equivocada. Lo dicho, que gané con más orgullo que honra.

A la hora de volver hablábamos de que no habíamos tenido ningún incidente grave y nos alegrábamos, aunque para noo gafarla dijimos de esperar a estar en casa. La vuelta fue rápida, a una media de aproximadamente 18km/h (tengo cogido el ritmo que supone esa velocidad), por lo que la pudimos hacer en unos cuarenta minutos, más o menos la mitad que la ida.

Al llegar a Maastricht, indiqué a Feng que continuara recto y, poco después, rectifiqué corriendo a dos metros de la curva y le dije que era a mano izquierda. Él no pudo girar bien y terminó chocándose contra mí. Cayó a plomo hacia su derecha poco a poco porque le aguantaba mi bici, la cual fui bajando poco a poco para que no se me doblara. Él resultó ileso, con un poco de dolor en la rodilla, pero pude echarle una foto mientras estaba en el suelo... para la posteridad.

Para terminar, subo la ruta, siendo ésta más sencilla que la de Valkenburg pese a tener casi el mismo kilometraje: 40,1km.

sábado, 29 de octubre de 2011

Miércoles en Valkenburg (Países Bajos)

Dicen que nunca es tarde si la dicha es buena. Lo mismo espero yo por la tardanza en publicar esta entrada sobre mi viajecito a Valkenburg. De hecho, he tardado en ir a esa localidad pero la dicha ha sido buena, muy buena... salvo por un par de incidentes que os voy a contar. 

Me levanté temprano, sobre las ocho y media, para salir una hora más tarde desayunado en abundancia y, sobre todo bien preparado. Me puse un chaleco y cogí el paraguas por si las moscas. Luego, de abrigo, me coloqué cazadora, guantes, gorro, bufanda y pantalón térmico. La verdad es que al salir no notaba bajar los grados... salvo por la cara, que se me helaba. Fui a por la bicicleta y me encaminé hacia el este atravesando el río Mosa (Maas) por el puente más septentrional. Una vez en la otra orilla pude ver un cartel que me cortaba el paso. Incluso sin saber holandés pude entender que el paso estaba cerrado y que tenía que coger una vía alternativa que me señalaba. Todo perfecto y sin mayores incidentes. Continué por la vía paralela a la carretera y se me acabó la ciudad sin poder incorporarme a la calzada... así que volví atrás y pasando por debajo de la carretera por un túnel busqué por el otro lado: tampoco. Por más que hasta rodeé el estadio local, no se veía incorporación ni siquiera carril bici, como pude observar al acercarme a la carretera-autovía. Decidí tomar otra calle que había allí y que tomaba dirección este, haciendo una primera parada para deshacerme de bufanda y gorro y cambiar los guantes de lana por los de ciclista -había que adpatarse a la temperatura-. Tras callejear por el último barrio logré a duras penas encontrar una carretera que me llevó fuera de la zona residencial. Por fin, campo. Conforme ascendía un montículo la vista era tan bonita que no me puse resistir a echar una foto. 

Llegué al primer cruce de la jornada, ya fuera de ciudad y con mi destino a sólo 7km según el letrero. No obstante, era por autovía sin carril bici, así que crucé la misma por un puente a ver si encontraba uno en una carretera. En seguida llegué a Rothem, que entendí como el primer pueblo en mi ruta, pues no había memorizado los nombres, sólo dos: Berg y Vilt. Continué y en seguida salí del pueblo e iba por carretera. Al poco llegué a Meersen, donde me quedé sin carretera pues continuaba como una calle. Sin embargo, pude ver una ruta ciclista de esas que abundan en Holanda y con las que puedes atravesar el país. Como parecía ir en la dirección que yo quería porque un cartel señalaba Valkenburg en el mismo sentido, me metí por el parque y subí una cuestecita poco simpática. 

Cuando ya me estaba cabreando y empezaba a suponer que me había extraviado, encontré la salida del pueblo y una cuesta abajo muy larga me calmó los ánimos y me devolvió la alegría. En ella adelanté a una señora mayor que iba en bici, aunque me detuve a echar una foto de dos carteles hacia Valkenburg. El de la izquierda anunciaba 6km por la autovía y el de la derecha 5km por la ruta ciclista. Obviamente, me decanté por la comodidad y la cercanía, aunque la señora me adelantó mientras iba echando la foto. También vi un grupo de ciclistas profesionales, los primeros que veo por aquí. 

Al final de la cuestecita de la alegría estaban las vías del tren, que cruzaba por tercera vez, y Houthem, una localidad en la que está la "Sint gerlachuskerk". Pensé para mí mismo "ah, por supuesto, la iglesia de San Gerlachus, de toda la vida". Curiosamente volví a encontrarme por la señora mayor -dos kilómetros después de encontrármela la primera vez- y la adelanté de nuevo. Subí una cuesta y ¡sorpresa! Allí estaba el cartel de bienvenida a Valkenburg. Paré a echarme una foto y no, esta vez no me adelantó nadie.

Creo que en la instantánea se aprecia bastante mi alegría, pero como una imagen vale más que mil palabras sólo diré que empecé a cantar el villancico español "Hacia Belén va una burra, rin, rin". No sé por qué, sólo fue lo primero que me vino a la cabeza y allí estaba yo dándole salida por mis hispanas cuerdas vocales mientras descendía calle abajo. Buscaba a mano derecha el centro termal y a la izquierda el casino, pero no los encontraba... estarían más adelante. Entonces, vi un cartel que me los señalaba hacia delante y ya había recorrido un kilómetro de ciudad. Me di cuenta de lo que pasaba y pensé "por dónde coño me habré metido que he entrado al pueblo por el norte en vez de por el oeste". No obstante, estaba de demasiado buen humor como para molestarme por el error, ya estaba en Valkenburg. Eso sí, había tantos carteles marrones de sitios culturales que no sabía donde ir primero. La idea era investigar antes de ir con el grupo... ¡pero había tanto!

Llegué a la zona céntrica, donde estuve dando vueltas y me encontré... sí, señores y señoras: a la señora mayor de la bicicleta. No os asustéis, es la última vez que la vi en todo el día y seguramente en mi vida, pero tuve que esbozar una sonrisa por las coincidencias. Quería saber dónde estaba la entrada "correcta" del pueblo y me dirigí hacia el centro termal y el casino -qué tonto que soy, lo primero es lo primero-. Cuando vi la cuestecita que había que subir... duré no más de 100m. Quedaba mucho día por delante y mejor no rebentarse tan pronto. En la foto no se aprecia tanto, pero si se miran los edificios con sus líneas horizontales se ve el desnivel real. Por ejemplo, a mi espalda la pared blanca. Sobra decir que aún andando me costó porque llevaba la bici conmigo. 

Una vez arriba estuve a la entrada de los dos emblemáticos sitios que buscaba y me eché unas fotos con unos miembros del género vacuno que pastaban por allí arriba. Le eché una foto al mapa de bienvenida, que después me sirvió para guiarme por la ciudad y me eché otra con el temporizador en la que salgo con el cartel, como muestra de dónde estaba. Bajé la cuesta... no sin dificultad por lo rápido que cogía velocidad y la curva que tenía.

Fue casi al final donde me desvié a la derecha, tras el cementerio. Allí vi un caminito que se metía por entre unos árboles, con hojas en el suelo, castaños... todo muy bucólico.

Me adentré en el camino desmontado de la bici y con ella a rastras hasta que llegué a una escalera. Grabé un pequeño vídeo para recordar el silencio y la tranquilidad que se respiraban allí y cuando llegué a la parte final puse el seguro a la bici para subir unas escaleras hechas con maderas. No había mucho y volví a bajar, aunque en al menos tres ocasiones me subí a una de las lomas del camino para ver el campo que había más allá. Eso sí, no pude porque estaba todo vallado. Una de las veces la pendiente era especialmente escarpada y el otoño hacía que el suelo tuviera al menos 10cm de hojas, por lo que tenía que ir despejándolo con una rama para ascender. Vamos, que ya quisiera el protagonista del Último Superviviente.

Saqué algunas fotos también tanto al camino como al estropicio que había hecho en la ladera del mismo. Cada vez que me decidía a subir tenía que echarle el seguro a la bici, así que iba "de a pocos" andando unos metros hasta que veía el sitio para subir y poner el seguro. 

Finalmente salí de allí y regateé con el dueño de una gruta-acuario el precio de la entrada para un grupo de estudiantes, que al final pagaremos el 50% de la entrada inicial. Entré al cementerio a echarle un ojo, ya que las lápidas del suelo las cuidan de manera diferente, con un pequeño jardín en el que siembran flores o ponen decoración. Es evidente que no me presigné ni nada de eso porque para mí sólo es un terreno lleno de cadáveres y cierto arte fúnebre, pero por respeto a los que sí creen más en ello guardé silencio y me abstuve de hacer el guiri echando fotos.

Fui al centro a aparcar y buscar un edificio que se llamaba "Spaans Leenhof", que yo entendía que era algo español. Resulta que era una simple oficina turística enclavada en un edificio español. Estuve andando, dando vueltas por la ciudad, consultando en un parque de atracciones infantil si había algo interesante para jóvenes allí, buscando las grutas y su precio, la entrada a las ruinas, etcétera. Finalmente, mientras iba por la avenida, me metí sin intención en una exposición de esculturas de arena, cuando lo que realmente yo buscaba era un pasaje a la zona alta de la montaña. 

En cualquier caso, había verdadero arte en la pequeña cueva en la que aún trabajaban varios artistas de la arena mojada para recrear imágenes sobre Belén y el mito cristiano de Jesús de Nazaret desde la anunciación hasta la llegada a Belén. La que aparece en la foto es la matanza de Herodes, si no recuerdo mal.

Tras visitar el conjunto y salir, picaba el hambre y busqué en el centro algún sitio de comida rápida. Además, tenía dolor en la ingle, seguramente de un tirón, y necesitaba descansar. Como no había ninguno, tuve la "genial" idea de ir al restaurante "español" Gaudi. Tuve que haberme dado cuenta por el cartelito de una morena vestida de gitana que aquello de español tenía poco... 

Pedí una San Miguel y me arrepentí en seguida, corrigiéndolo por una sangría. Cuando me la sirvieron.. vi que estaba hecha a base de pera en vez de melocotón y aparte de que el vino era de baja graduación tenía demasiado azúcar. Vamos, que estaba buena pero de sangría tenía lo que yo de holandés: sólo la coincidencia del lugar. Pregunté al camarero si había españoles trabajando en el restaurante o alguien que supiera hablar español... y los cocineros eran todos chinos. Fui preguntado y revelé mi procedencia a cambio de aquella información, que me defraudó un poco mucho. Me iba haciendo a la idea de que mi tapita de tortilla de patatas no iba a ser la mejor que haya probado.

Una vez tuve todo servido eché la foto obligada y bueno, en ella se ve lo que me sirvieron por "una tapa de tortilla de patatas y una sangría". Todavía el camarero se quedó extrañado de que sólo tomara eso, lo que me da idea de que no ha oído nunca hablar que la tapa no es un entrante, sino un plato ligero en sí para cuando se quiere ir de tapeo. Con una sonrisa le indiqué con toda naturalidad que eso era todo. No tenía ganas de dejarme los cuartos para cumplir con imagen de turista ni quería ser mal embajador poniendo a los españoles como descorteses, así que procuraba sacar mi mejor sonrisa. Como mucho, me tomarían por catalán. Cuando me fuí, casi a rabia porque la tortilla estaba hecha a base de patata cortada en rodajas y cocidas en vez de fritas, además de que el huevo era más bien crudo y, por ende, la tortilla se deshacía más como una tarta de manzana que como una tortilla bien hecha, me tomé un helado cerca de allí. Aquí los helados son a una bola; un euro, aunque son más pequeñas que en españa. 

Tras dar un pequeño paseo y terminarme el helado, me monté en la bici y fui al sitio que me quedaba: el lago. Como se puede apreciar, la imagen era idílica... pero no tanto lo que allí me pasó. En un puente que cruzaba el desagüe del lago, apoyé la cámara fotográfica sobre una de las barandas y una vez que estaba perfectamente estable fui a echarme la foto. Entonces, vino un ventarrón y la cámara se cayó al suelo, con la buena suerte de que se cayó hacia dentro del puente y no hacia el agua... o no. Al caer la cámara se abrió -no sé cómo- la parte de la batería y tuve la gran suerte de que cayera entre las maderas... directa al agua. Me maldije mil veces por mi ocurrencia y, en medio de la desesperación, me asomé por las maderas: allí estaba flotando, gracias a la acumulación de plumas y hojarasca. Me quité la cazadora, los guantes y me estiré para poder alcanzarla desde debajo del puente, estirando la mano. Pude hacerlo con algo de suerte a la segunda, ya que a la primera pillé una rama. Cuando por fin recuperé la batería, que aunque mojada parecía en perfecto estado, intenté guardarlo todo y se me quitaron las ganas de seguir por allí, pero no podía meter la cámara en la funda con el objetivo abierto... así que tuve que probar a meterle la batería tras secarla a conciencia. Por suerte, funcionó perfectamente y la ultima foto del día fue al sitio en el que se cayó la batería, como recuerdo del trago amargo que me hizo pasar.

Después, un poco más reanimado, me fui por un camino que bordeaba el lago, siguiendo los carteles hacia "Kasteelhuis". Terminé llegando a una mansión que parecía decimonónica, rodeada de un bonito canal por todas partes y a la que se accedía por un puente. Tras verla desde fuera me volví a Valkenburg, que estaba ya a 2km de allí. A la entrada giré y me metí por una carretera secundaria a ver si lograba subir al monte donde estaba la Wilheminatoren, pero imposible. Tuve que volver y buscar otro camino, pero cuando tras preguntar estaba a punto de encontrarlo, al montar en la bici me golpeé la rodilla, lo que me dejó cojo unos largos minutos... sólo en Holanda, a 12km de mi residencia y teniendo que volver en bici. Tenía claro que si se me enfriaba me iba a doler más, así que me monté, fui a la cuesta y, tras subirla andando, me volví a montar y a volver a casa.Todavía en el camino unos canis en moto se me quedaron mirando y uno de ellos, viendo que era extranjero, hacía señas a los demás y me pitó, pero no pasó de ahí la cosa. Luego vi otro dirigiéndose hacia ellos en moto, quizás estaban esperándole y ello jugó a mi favor si pensaban venir los diez contra mí.

Llegué a la residencia sobre las 16:30 y me quedé con la ruta para volver con el grupo. Después, dibujé en Google Maps la ruta que había seguido, para hacerme una idea. En total, siete horas fuera de casa, 42,5km recorridos en bici -más unos cinco a pie-. Toda una maratón que ha merecido la pena. Acompaño una captura de la ruta, en la que se ve la búsqueda del camino para salir de Maastricht, el desvío hacia el norte, mis paseos por el centro, la salida de Valkenburg rodeando el lago y mi intento de buscar hacia el sur la escalada del monte.
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