jueves, 15 de septiembre de 2011

Finalmente en Maastricht

Me ha costado titular esta entrada. No podía poner "al fin" en Maastricht porque si de mí dependiera a lo mejor me hubiera retrasado un poco, ni tampoco "por fin", y "ya" denotaba pasotismo. He preferido una fórmula más poética, con el contraste de "finalmente" con la realidad, que es el inicio de una etapa que espero aprovechar al máximo.

Ayer por la noche comencé la travesía. Tras estar todo el día de despedidas, más duras y difíciles conforme iban pasando, mi familia me llevó al aeropuerto, donde tuve el placer y honor de ser el primero en la fila para facturar, aunque tuviera que esperar un poco a que abriese la ventanilla.

 Con todo facturado, era cuestión de esperar e ir hacia el avión. Pasé seguridad una hora antes de la salida del vuelo y llegué unos minutos antes de su apertura a la puerta de embarque. Primera sorpresa del viaje: tuvimos que caminar por la pista para llegar al avión. Una vez dentro, segunda fila y a esperar... y dormir, que todavía me pregunto cómo lo logré.

Cuando me desperté había unas vistas preciosas desde el avión, en las que se podía ver la campiña belga y holandesa, con los diques de contención ante los ríos y canales. Una vez llegué, me dirigí al aseo antes de recoger mi equipaje y me dispongo a tener mi primer contacto con los holandeses -que no se piense mal-. Como buscaba el aseo de hombres y sólo veía el de mujeres, una chica que se estaba liando un porro me indicó la dirección con el dedo y sonriente. Así es fácil caer en estereotipos...

Con las maletas por pesada escolta, no me fue fácil moverme, pero logré comprar un billete de autobús y entrar en él. Me llevó hasta la estación del centro, que combina autobuses, taxis y trenes, por una carretera que era sólo para autobuses, situada en el centro de la avenida... curioso. Una vez llegué me compré un billete como pude y me acerqué al andén, donde el tren se fue delante de mis narices y tuve que esperar media hora. Revisando el billete aparecía "kindtarief" (precio infantil), ya que me preguntaban si quería tarifa completa o descuento y uno siempre prefiere el descuento. Al final me salió mas caro porque tuve que acercarme a la oficina a comprar uno nuevo y aquí si no usas la maquinita automática te cargan 0,50€ más.

Sea como fuere, entré en el tren billete en mano y a esperar. Pero mientras echaba fotos no sé dónde puse el billete y justo que venía el revisor mientras lo buscaba. Le expliqué mi situación y tuvo la amabilidad de hacer la vista gorda, sonriendo ante mi apurada situación. A cada estación intentaba deducir algo de los mensajes en holandés, intentando oír "Maastricht". Era la última estación y no tuve problemas, ¿pero quién se entera de eso en holandés?
Ya en Maastricht tuve que descifrar los nombres de los barrios para llegar a Malberg, pero acerté a coger la línea 1 por el módico precio de 2,50€. Me dejó junto a los edificios y bueno... allí no había oficina: empezaba lo bueno. Pregunté a una mujer holandesa y no sabía de una oficina por allí, pero empezó a preguntar y a guiarme y encontramos a un chico francés que se alojaba en mi misma residencia, quien me indicó dónde ir: a un kilómetro estaba la oficina central. Rendido ante la evidencia de tener que hacer ese trayecto con las maletas, acepté la propuesta de dejar las maletas en la habitación del chico y volver por ellas. Fui caminando por la ciudad, guiándome por mis recuerdos del Google Maps y un mapa, y cuando llegaba pregunté a unas chicas que hablaban español. Como fui por el camino equivocado y un hombre que abrió una puerta con su credencial me dejó pasar... entré en la zona restringida para el personal del Tribunal de Justicia. Intenté salir pero todas las puertas tenían lector de tarjeta... así que tuve que preguntar a una señora que tras preguntarme cómo había burlado la seguridad -un recién llegado Erasmus, para más inri- me abrió las puertas y me indicó el camino. Por fin pude encontrar el despacho y firmé el contrato, recogí las llaves... y me ofrecieron acercarme a la habitación. Acepté, aunque tuve que esperar un buen rato -si lo hubiera sabido desde el principio...-. Me llevaron hasta la habitación indicándome las llaves y los lugares, así que quise conocer el edificio antes de recoger las maletas. Me encontré a mi compañero, Íñigo, que me estaba dando las indicaciones sobre el apartamento cuando me dio por preguntarle de dónde era. Al escuchar que era de Bilbao sólo pude decir "¡De cojones!" con una amplia sonrisa.

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